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Irak y la política árabe

Fawaz Gerges 

Mientras Estados Unidos y Gran Bretaña se hallan enzarzados en un acalorado debate sobre las explicaciones propuestas en su día para desencadenar la guerra contra Irak, no ha tenido lugar esfuerzo alguno de reflexión o introspección en el seno del mundo árabe. Los gobernantes árabes se manifiestan muy parcamente sobre el lamentable fracaso de su diplomacia y su incapacidad para articular una postura realmente operativa con el objetivo de anteponer los intereses del pueblo iraquí a los de Sadam. En vísperas de la guerra los políticos árabes, en lugar de aportar alternativas para ayudar a los iraquíes a librarse de la tiranía que les oprimía, se preocuparon por cuestiones de naturaleza únicamente polémica como exponer abiertamente su oposición a la guerra impulsada por Estados Unidos o culpar a Sadam.

La diplomacia interna árabe fue un ejercicio de relaciones públicas, destinado al consumo público, más que un esfuerzo concertado orientado a la solución de la crisis. En lugar de verdaderas actuaciones, palabras. La crisis iraquí ha venido a reforzar la afirmación de que los discursos de los gobiernos árabes son “zahira sawtiya” (un fenómeno meramente sónico) que no se toman en serio amigos ni enemigos. Prescindiendo de si las elites dirigentes árabes supieron sopesar la gravedad de la crisis y sus posibles repercusiones en el contexto de la región, su inacción puso de relieve no sólo las divisiones y fracturas en el seno de sus propias filas sino también su insolvencia moral.

El viejo orden se desmoronaba ante sus propios ojos. No obstante, los dirigentes árabes enterraron la cabeza en la arena confiando en que la tormenta pasaría rasante sobre ellos acarreando un perjuicio ínfimo a sus regímenes autocráticos. Ni siquiera repararon en la posibilidad o conveniencia de ser previsores, promoviendo iniciativas para expulsar del poder a Sadam que podrían haber dificultado la justificación norteamericana de la guerra. Los estados árabes no repararon apenas en una estrategia que habría ahorrado la invasión al pueblo iraquí impidiendo al tiempo que EE.UU. la llevara a cabo a costa de Sadam. Dada la determinación de la Administración de Bush de ir a la guerra, los árabes no estaban en condiciones de matar dos pájaros de un tiro: salvar el régimen baazista y ahorrar padecimientos a la población iraquí. No consiguieron alcanzar una decisión clara en el sentido de ayudar a la población e –indirectamente– tomaron partido por Sadam.

Actuar en nombre del pueblo iraquí habría exigido la experiencia y competencia necesarias para inaugurar la senda de un complejo proceso de adopción de decisiones apoyado en un liderazgo dotado de visión de futuro, en unión de una mayor sensatez y buen criterio propios de una política realista. En lugar de ello, en el escenario diplomático y a través de comunicaciones tanto formales como informales, sólo afloraron necios convencionalismos, dilaciones y falta de decisión, recriminaciones e inacción: en otras palabras, parálisis.

La gravedad de la situación política obligaba a inclinarse por estrategias de miras más ambiciosas y amplias –aunque no exentas de dificultades– que habrían implicado poseer capacidad iniciativa, visión a medio y largo plazo y disposición a arrostrar riesgos... elementos muy escasos en la política árabe. Por el contrario, los gobernantes árabes dieron prueba de emplear un doble lenguaje ya fuera en sus declaraciones abiertas o en sus insinuaciones dirigidas tanto a sus respectivas ciudadanías como al mundo en general. Juraron públicamente por el Altísimo que se opondrían a la guerra que se avecinaba, mientras al propio tiempo en privado aparentaban ser impotentes y prometían apoyar a su amo la superpotencia. Tanto da para el caso que no probaran ni potenciaran su capacidad negociadora en términos similares con respecto a Turquía. Tanto da que no se situaran al mismo nivel de su ciudadanía en la cuestión de contraer obligaciones con Washington ni en la relativa a los días contados del régimen de Sadam. Podría haberse opuesto un argumento convincente en el sentido de que Sadam debía marcharse por el bien de los iraquíes y la supervivencia de su Estado y no simplemente porque los poderes fácticos de la Casa Blanca perseguían el final del régimen de Sadam Husein.

Sin embargo, aspirar en este caso a cualquier forma de sensatez o previsión habría equivalido a pedir demasiado a todo esos cínicos sempiternos que han sobrevivido durante tanto tiempo gracias a su maestría en el arte de hablar con doblez y de inducir insidiosamente a la confusión. El problema en toda esta farsa radica no sólo en el pesimismo y la visión negativa que va infiltrándose en la sociedad –y en el desencadenamiento frenético de toda suerte de teorías basadas en la conspiración– sino también en la mayor exacerbación de la crisis de legitimidad que aqueja al orden político en el Mundo Árabe.

Nunca con anterioridad se han visto los dirigentes autócratas tan desnudos a ojos de sus ciudadanos como se ven ahora. Resulta casi un milagro el hecho de que el sistema autocrático que caracteriza a los estados árabes haya resistido durante tanto tiempo investido de tan escasa legitimidad. No es desechable la eventualidad de su desplome repentino mediante un estallido, conforme a la lógica de los iraníes.

A los dirigentes políticos del Mundo Árabe –admitamos la verdad– no les preocuparon ni Sadam Husein ni sus súbditos encarcelados. Su objetivo primordial fue preservar el statu quo y limitar en la medida de lo posible el impacto de la crisis sobre sus “feudos de tribu y clan”. Confiaban asimismo en complacer a la Administración Bush y evitar convertirse en el blanco de los partidarios de la línea dura de la extrema derecha estadounidense. Su supervivencia política adquirió carácter de preferencia absoluta, prescindiendo de los efectos deletéreos a largo plazo sobre sus propios regímenes y del equilibrio geoestratégico de poder.

Cuando, por fin, los jefes de Estado árabes se reunieron en El Cairo en vísperas de la guerra, se dividieron en dos campos. Los nacionalistas –Siria, Yemen, Libia y Sudán– deseaban consolidar su postura de oposición a la guerra inminente, así como impedir que cualquier Estado árabe diera apoyo logístico y material a las fuerzas invasoras norteamericanas. Aunque los aliados de EE.UU. –Egipto, Arabia Saudí, Jordania y Kuwait– hicieron constar de forma unánime su oposición verbal a la guerra, rehusaron dar su conformidad a la prohibición de proporcionar apoyo logístico a Estados Unidos. Al fin y al cabo, esos gobiernos ya habían facilitado a la Administración Bush acceso a sus bases y puertos mediante previo acuerdo. Fue, como todos sabían, trato hecho.

Sin embargo, la forma clásica del ceremonial de los intercambios verbales entre estados árabes hubo de cumplirse y respetarse fielmente prescindiendo de su total ausencia de contenido. El campo de los partidarios de EE.UU. insistió también en la cuestión de que evitar la guerra se hallaba en manos de Sadam, a fin de poder acusarle por la ruptura de las hostilidades y, consecuentemente, justificarse a ojos de sus pueblos. En suma, la cumbre árabe en vísperas de la guerra constituyó un desastroso fracaso. Puso al descubierto profundas disensiones entre los estados árabes y una falta general de previsión y perspectiva. Los gobiernos nacionalistas adoptaron la senda de las elevadas exigencias éticas sin parar mientes en la odisea del pueblo iraquí y la creciente irritación de Estados Unidos. Los habituales aliados de EE.UU., por su parte, carecían de la necesaria previsión conceptual y valentía ética para establecer las reglas básicas conducentes a evitar la guerra: Sadam y sus colaboradores más próximos debían irse, hecho lo cual la comunidad internacional –junto a la Liga Árabe– ayudaría a los iraquíes a rehacer y reconstruir sus quebrantadas instituciones según directrices más representativas. Aunque tal cosa tampoco habría sido fácil –dada la misma obsesión de Sadam de retener el poder–, incluso él, al verse ante un frente árabe unido y una invasión extranjera inminente, podría haber buscado finalmente una salida diplomática, una fórmula para salvar la cara que garantizara su supervivencia y la de su familia.

Esta arriesgada estrategia, en el caso de los estados árabes moderados, habría resultado preferible a la inacción, puesto que habría colocado a la mayoría de los árabes al lado del pueblo iraquí. Sin alianza a la vista, se vieron reducidos a la condición de espectadores pasivos del drama que se desplegaba ante sus ojos... convirtiéndose así en juguete tanto en las manos de Sadam como de la Administración Bush. La división en el seno de las filas árabes permitió a esta última afirmar que contaba con un apoyo árabe tácito a su operación militar para derribar al dictador iraquí, y el primero afirmó –y tal vez incluso creyó– que disfrutaba un mandato que le habilitaba para aferrarse al poder sin tener en cuenta el precio que ello implicaba para Irak y para su pueblo.

Los árabes moderados no deseaban sentar un precedente al obligar a uno de los suyos a abandonar el poder, sobre todo mediando la acción de una superpotencia que ya había perfilado un calendario a largo plazo... Les preocupaba en mayor medida mantener su elevada posición basada en un ejercicio autocrático del poder que encontrar la forma de ayudar a los iraquíes a librarse de su dictador.

Los ideólogos de la extrema derecha de la Administración Bush tampoco estuvieron por la labor con sus apenas veladas amenazas de reemplazar los regímenes autoritarios existentes en la región por otros “democráticamente constituidos”. Los autócratas árabes, fuera cual fuera su tendencia política, se sintieron amenazados y unidos frente al supuesto “proyecto democratizador norteamericano”. Contaban con escasos incentivos para facilitar la expulsión del poder de Sadam, acelerando en consecuencia el debilitamiento de sus tiránicos regímenes.

El precio de la inacción fue que los gobiernos árabes no influyeron diplomáticamente sobre la crisis iraquí, aunque ésta afectó seriamente al fundamento mismo de su orden político. Los políticos y diplomáticos norteamericanos invirtieron considerables esfuerzos en la negociación con Turquía, ofreciendo miles de millones de dólares por el empleo de sus bases militares en la invasión. Sostuvieron, asimismo, conversaciones con representantes del Gobierno iraní para garantizar la neutralidad de este país en el curso de la guerra. En cambio, EE.UU. no hubo de buscar excusa buena para tomarse en serio a los estados árabes –ya fueran nacionalistas o aliados–, cuyo apoyo en mayor o menor medida se daba de hecho por descontado.

Las sociedades árabes –no sólo los gobernantes árabes– se hallaban profundamente divididas sobre la forma de abordar la crisis iraquí. Se abrió un foso alarmante entre la opinión pública árabe y su homóloga iraquí. La opinión pública árabe –la “calle árabe”, como la califican los medios de comunicación occidentales–, profundamente recelosa sobre la política exterior norteamericana, pero familiarizada con su mentalidad, se oponía a la guerra de forma aplastante. A ojos de los árabes, no existe una política exterior de EE.UU. susceptible de ser calificada de positiva: se considera a este país como un país hostil a los propios intereses nacionales. La opinión pública árabe, obligada a elegir entre “la liberación” de los iraquíes a manos norteamericanas o un apoyo indirecto a Sadam, eligió esta última alternativa. Los iraquíes, en cambio, mostraron unos puntos de vista más matizados, desesperados por librarse de su tirano. Aunque los iraquíes no apoyaron una invasión militar, parecieron dispuestos a conceder a EE.UU. el beneficio de la duda en su campaña para derribar al régimen de Sadam. Mantuvieron viva su desconfianza hacia EE.UU. hasta que el polvo se asentó en el campo de batalla iraquí.

Numerosos árabes no valoraron adecuadamente la difícil situación de los iraquíes, aterrorizados por Sadam. Permitieron que sus preferencias ideológicas predominaran sobre las cuestiones de los derechos humanos y de la libertad de sus hermanos iraquíes. El resultado es que en la actualidad muchos iraquíes se sienten distanciados de sus homólogos árabes y abandonados por ellos.

Algunos incluso hacen llamamientos en favor de un reordenamiento que paulatinamente les aparte del contexto árabe en que viven. Las chispas de un odio profundo y hostil saltan actualmente entre iraquíes resentidos y árabes impenitentes, tanto en las emisiones de radio y televisión como en las páginas de opinión de los principales periódicos. Su eco cruza las fronteras de Irak y sacudirá probablemente los mismos cimientos de las relaciones entre los países árabes.

La crisis iraquí ha desacreditado y debilitado aún más a la Liga Árabe. Y, lo que reviste mayor importancia, ha expuesto a la luz pública lo inadecuado de las ideas y los marcos conceptuales empleados en ciencia política para analizar y comprender la política árabe. La crisis también ha hecho trizas los mitos de la solidaridad y la unidad del Mundo Árabe, así como el papel de la opinión pública y el significado de la “condición árabe”. Los árabes no sólo estuvieron divididos, sino que además mostraron de forma tácita una actitud condescendiente ante la invasión y la ocupación de un Estado hermano por una potencia extranjera.

Los gobernantes árabes se hallan expuestos a la inquieta reacción de sus ciudadanías respectivas, que se señalan mutuamente con el dedo acusador por haber fallado a Irak y a los iraquíes. Los iraquíes reprochan, a su vez, a sus compatriotas su silencio sobre los crímenes contra la humanidad perpetrados por Sadam, entre los que se cuenta la desaparición de 300.000 iraquíes a lo largo de sus 24 años de mandato.

Ahora, Tras casi un año de la invasión de Irak, los gobernantes árabes apenas se pronuncian sobre el Irak posbaazista. Aparte de las generalidades sobre la necesidad de una rápida emancipación política de los iraquíes, no han aclarado el papel que les gustaría desempeñar en el nuevo Irak ni su aportación para ayudar a los iraquíes en la reconstrucción del Estado y de la sociedad. No se ha depositado sobre la mesa ninguna propuesta relativa al despliegue de –por ejemplo– 50.000 o incluso 70.000 soldados árabes en Irak en el marco de una fuerza multilateral internacional, a fin de garantizar la paz y presionar en mayor medida a la Administración Bush para que comparta la adopción de decisiones con la ONU con el fin de acelerar un proceso de transición que acabe con la ocupación ilegal del país. Una iniciativa política de estas características indicaría bien a las claras –factor importante– que los estados árabes muestran una actitud sincera al tender la mano a los iraquíes. La política árabe debe trabajar seriamente para acabar con la lógica de ocupación e invasión estadounidense en Irak, buscando nuevos mecanismos que conducirán a la constitución de un gobierno legítimo.

Fawaz Gerges: es libanés, profesor de Política Internacional y Estudios sobre Oriente Medio del Sarah Lawrence College. Autor de “Los islamistas y Occidente” (Cambridge University Press).

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