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El gueto de Gaza
Ignacio Álvarez-Ossorio
El Correo Digital
MUNDO ARABE.ORG,
03/2008
Gaza se encuentra al borde de la
extenuación. La última ofensiva israelí ha dejado más de un centenar de muertos,
la mitad de ellos civiles. La visita de la secretaria de Estado norteamericana,
Condoleezza Rice, y del alto responsable de Política Exterior y Seguridad Común
europeo, Javier Solana, ha detenido momentáneamente la sangría, pero las
perspectivas de futuro no son excesivamente halagüeñas. Hamás no da su brazo a
torcer y varios dirigentes israelíes han advertido de que seguirán atacando Gaza
como respuesta a los lanzamientos de cohetes artesanales a su territorio. Por si
quedara alguna duda de los planes bélicos que se barajan, Matan Vilnai, número
dos del Ministerio de Defensa y brazo derecho del dirigente laborista Ehud Barak,
advirtió: «Cuantos más cohetes Qassam lancen y más lejos lleguen, atraerán un
mayor holocausto porque vamos a defendernos con toda nuestra fuerza».
Ante este desolador panorama, la comunidad internacional ha respondido como
acostumbra: pidiendo contención a las partes sin hacer distinción entre
ocupantes y ocupados. Washington y Bruselas coinciden en que el origen del
problema está en el lanzamiento de misiles y en que Israel ha sido
desproporcionada en su respuesta. Como era de esperar, ni Estados Unidos ni la
Unión Europea han criticado la política de castigos colectivos aplicada en Gaza,
que ha provocado la mayor crisis humanitaria de los últimos cuarenta años, ni la
construcción del muro en Cisjordania, que se ha saldado con la anexión
unilateral de nuevas tierras palestinas. No podía ser de otra manera, ya que
Israel recibió luz verde de la comunidad internacional para intensificar el
aislamiento de la franja palestina, todo ello con el propósito de asfixiar a
Hamás, formación que se impuso en las elecciones legislativas de 2006 y que fue
desalojada del poder un año más tarde.
La apuesta de Washington y Bruselas, además de extraordinariamente arriesgada,
partía de una falsa premisa. Una vez que se cortara el grifo de la ayuda
internacional, la popularidad de la formación islamista descendería a mínimos
históricos y el nuevo Ejecutivo se vería abocado a abandonar el poder. En un
escenario tal, Fatah recuperaría el terreno perdido y podría retomar el proceso
de paz devolviendo la situación a la normalidad. No ha ocurrido ni lo uno ni lo
otro. En unas condiciones sumamente adversas, Hamás ha logrado mantener
inalterables sus apoyos, mientras que la reanudación de las negociaciones tan
sólo ha acrecentado la vulnerabilidad de Fatah, cuyo futuro pende ahora de la
consecución de un poco probable acuerdo de paz.
Mientras todo esto ocurre, Gaza se desangra. El informe -'La Franja de Gaza: una
implosión humanitaria'- realizado por ocho prestigiosas organizaciones no
gubernamentales y presentado ayer denuncia que el millón y medio de palestinos
que viven en dicha franja se encuentra en la más grave situación humanitaria de
las últimas cuatro décadas como consecuencia de «las severas restricciones
israelíes al movimiento de mercancías y de personas». Las ONG denuncian que
«como resultado del bloqueo y del colapso de la economía, hay poco dinero para
comprar alimentos y pocos alimentos que comprar. Los precios de la comida están
subiendo y la harina, la leche y el arroz escasean. A la vez que la crisis
humanitaria se agrava, el número de convoyes humanitarios cae en picado».
Todo ello forma parte de una estrategia deliberada de las autoridades israelíes
destinada a convertir la cuestión nacional palestina en un mero asunto
humanitario o, como describió gráficamente el analista Víctor Currea-Lugo, «un
intento por reducir el problema palestino a un problema de arroz». En este
contexto cobran especial significación las palabras de Dov Weissglass, uno de
los principales consejeros del primer ministro israelí, en torno a la necesidad
de someter a los palestinos a «una dieta de adelgazamiento». El éxito de esta
estrategia es incuestionable, ya que el bloqueo israelí y las sanciones
internacionales han tenido un efecto devastador sobre la economía palestina: al
colapso de la industria (debido a las restricciones al movimiento de mercancías)
se ha sumado la devastación de la agricultura (como resultado de la tala
indiscriminada de árboles y la incapacidad de los campesinos para acceder a los
cultivos).
Hoy en día la mitad de los palestinos de Gaza están desempleados. La producción
industrial se ha reducido en un 95% y tan sólo quedan abiertas, a duras penas,
200 de las 4.000 fábricas que había. Escasea el agua potable, debido tanto a la
carestía de recursos hídricos de la zona como a la sobreexplotación de la que
hicieron uso los colonos, y falta la electricidad, como consecuencia del
bombardeo de la única central eléctrica por las Fuerzas de Defensa Israelíes en
2006. El 80% de los gazawíes depende de la ayuda internacional y el 62% de sus
salarios se destinan exclusivamente a la adquisición de alimentos de primera
necesidad. Como denuncia el informe: «El bloqueo ha desmantelado completamente
la economía y empobrecido a la población de Gaza. Las políticas israelíes
afectan a la población civil de manera indiscriminada y constituyen un castigo
colectivo contra hombre, mujeres y niños normales. Las medidas adoptadas son
ilegales desde el punto de vista del derecho internacional humanitario».
Ante esta situación, Amnistía Internacional, Oxfam, Save the Children, así como
las otras cuatro organizaciones no gubernamentales firmantes, consideran
imprescindible un replanteamiento de la posición de la comunidad internacional.
En consonancia con las demandas de la sociedad civil europea, el informe reclama
un giro copernicano en la estrategia de Bruselas. De una parte, exige que la
Unión Europea denuncie de manera taxativa el bloqueo israelí de Gaza y utilice
toda su influencia para ponerle fin. De otra parte, recomienda a los países
europeos que faciliten la reconciliación entre Fatah y Hamás. Es decir: que la
Unión Europea recupere la iniciativa frente a Israel, retome su tradicional
política de solidaridad hacia la cuestión palestina y abandone sus actuales
planteamientos cortoplacistas. A pesar de la gravedad de la situación es
bastante improbable que nuestros estadistas salgan de su ensimismamiento y
rompan su silencio cómplice. ¿Permitirán acaso que la Franja de Gaza se
transforme en un nuevo gueto? Todo parece indicar que sí.
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