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La victoria de Bush

Sami Naïr

 Mundoarabe.org, 09/11/2004
¿Después de la victoria de Bush, qué va a ocurrir? Hay quienes dicen que Bush va a "suavizar" su estrategia, sobre todo en el ámbito de la política internacional; lo que podría significar una apertura hacia la cooperación, aunque sólo fuera porque, fortalecido por su victoria electoral, podría dirigirse al mundo y, magnánimo, dejar a los dirigentes hostiles a su política de caos la responsabilidad de despreciar la soberanía popular en EE UU. Una vez reelegido, encontrará de todos modos oídos más atentos fuera de EE UU, aunque sólo fuese porque a muchos les parece peligroso dejarle actuar solo.

¿Qué puede ofrecer George W. Bush al mundo para realmente generar una adhesión mínima a su política? Crear las condiciones de una asociación internacional más amplia sobre Irak, negociar una salida de este país con el apoyo de la comunidad internacional, abrir un verdadero diálogo con Teherán y Corea del Norte, reactivar la Hoja de Ruta en Oriente Medio, dialogar sobre todos los temas en vez de imponer unilateralmente su visión.

Pero este hipotético giro no resistiría más que algunos meses al peso de la realidad: el Ejército de EE UU está comprometido en una derrota y la resistencia del pueblo iraquí perturbará estas ilusiones. De hecho, Bush será probablemente obligado aumentar el contingente americano, multiplicando así las destrucciones, los muertos y el odio del pueblo iraquí. De todos modos, es evidente que tal medida provocaría una reacción brutal de los iraquíes, aun los más moderados y favorables a una solución pacífica: sería una vietnamización del conflicto que podría durar por lo menos cuatro años más, y que Bush podría dejar como herencia a un nuevo presidente de EE UU.

Más vale no imaginar lo que sería Irak en este caso, o quién saldrá vencedor de esta batalla, incluso en el seno mismo de la resistencia. Pero si se recuerda que ni el vecino Irán, ni Arabia Saudí, ni tampoco Al Qaeda, quieren ver llegar al poder a los nacionalistas laicos, a los demócratas moderados, todo hace pensar que los islamistas acabarán por tomar este país. La ayatollazación de Irak no debe ser excluida, no más que una partición del país. Sea lo que sea, las decisiones de política exterior tomadas por Bush durante su primer mandato le impedirán probablemente ir más lejos en este eventual cambio de rumbo. Ha caído en la trampa de Irak.

En cualquier caso, lo sabremos muy rápidamente: si unos guerreros como Condoleezza Rice -quien encarna hasta la caricatura la excitación de los halcones estadounidenses- o Paul Wolfovitz -representante de la alianza entre la Administración Bush y el Likud israelí- son colocados en responsabilidades gubernamentales claves, las cosas serán muy claras. Bush ha hecho una campaña que prepara esta reorientación: ha navegado sobre la ideología de la seguridad, sobre el fundamentalismo identitario, sobre una visión apocalíptica del resto del mundo. La estrategia internacional de Bush puede resumirse en una fórmula: es una mezcla de mesianismo armado y de paranoia nacionalista.

En política interior, hay que esperar la reducción de los escasos restos de política social existentes, el refuerzo de una política que favorecerá a los privilegiados, la exacerbación del conservatismo moral y religioso (la Iglesia, que apoyó a Bush, tiene una revancha que cobrarse contra los sectores modernos de la sociedad en cuestiones como los matrimonios entre homosexuales).

Podemos subrayar algunos elementos importantes de la reciente votación en EE UU: en primer lugar, la conjunción del voto popular y el de las capas medias, no para favorecer el cambio, sino en una situación de repliegue social, cultural y político. Repliegue social relacionado con los efectos de la mundialización liberal, que desestabilizan fuertemente el estatus de estas capas intermedias, tanto en EE UU como en todo el mundo: precarización y flexibilidad del trabajo, incertidumbre sobre el futuro, descenso de la eficacia de las políticas sociales. De allí, la vuelta de una forma de maltusianismo de los derechos sociales, que estas capas quisieran reservarse para ellas solas. En una sociedad tan cruelmente individualista como la sociedad estadounidense, eso lleva a la exacerbación de la competencia entre los beneficiarios de esas políticas. Es la fibra que Bush hizo vibrar, al abogar por la baja de los impuestos y alabar la sociedad competitiva, en favor de los "ganadores", y represiva con los "perdedores". Es la famosa idea de la "ownership society", es decir, de la privatización integral del vínculo social. Ahora bien, éste es el discurso al que Kerry no supo contestar: se contentó con proponer ideas vagas sobre la solidaridad sin de veras tomar en cuenta la necesidad de enfrentarse radicalmente al discurso ultraliberal sobre lo social.

En segundo lugar, el péndulo del tablero político estadounidense se ha volcado mucho en los últimos años hacia la derecha y la extrema derecha; los demócratas, en vez de oponerse a esta evolución, se han, en su gran mayoría, sometido a ella. De allí también su incapacidad para enfrentarse culturalmente a los conservadores. Pues el deterioro de las condiciones sociales se ha vuelto, paradójicamente, un tema que favorece más la derecha que la izquierda. Thomas Frank acaba de publicar un libro con éxito titulado What's the matter with Kanzas? Según él, los pobres cada vez más pobres votan a los republicanos porque éstos saben hablarles en un lenguaje popular de clase, basado en unos valores muy tradicionales, siempre tranquilizadores en épocas de desesperanza. Es un discurso que difundió Bush a lo largo de su campaña, por medio de espacios televisados muy ingeniosamente preparados por el publicitario Michael Gerson y Karl Rove (es él quien le salvó del alcoholismo al hacerle descubrir la voz del "verdadero" Dios, protestante y fundamentalista). La cuestión de la identitad se ha vuelta decisiva en América, y eso con el telón de fondo de un gran repliegue cultural.

Este repliegue traduce una evolución profunda de las mentalidades. Está relacionado con el aborrecimiento de la contracultura de los años sesenta y setenta, acusada de haber favorecido un hedonismo destructor de las relaciones familiares; un multiculturalismo considerado como responsable de quebrar la unidad ideológica angloamericana del país; un mestizaje con unas consecuencias étnicas supuestamente devastadoras, y por fin un cosmopolitismo que perjudica las bases de la potencia americana en el mundo. Bush supo, a través de una campaña electoral demagógica y populista, utilizar este miedo cultural en su beneficio.

El ex ministro de Trabajo de Clinton Robert Reich define justamente este peligro en The American Prospect: "La derecha fue capaz de tornar la rabia de la clase obrera en resentimientos mucho más culturales que económicos porque nadie supo explicar a la América profunda lo que está pasando hoy en día (...). La guerra de clase cultural gana cuando la cólera no tiene otro medio de expresión. Los republicanos hablan con un lenguaje de clase desprovisto de economía. La tarea de las fuerzas progresistas es la de colocar de nuevo el debate en el ámbito económico".

Es Bush quien ganó. Pero la explicación ya no es solamente social o cultural, estriba también en una mudanza política significativa. Se encuentra en el efecto 11 de septiembre y en el debilitamiento impresionante de la conciencia política que tuvo como consecuencia. Los mecanismos de representación política son cada vez más pervertidos por estrategias publicitarias que disminuyen considerablemente el nivel del debate político; los ataques personales, las acusaciones moralizadoras, se han convertido en temas mayores del debate político. Bush no ha dejado de repetir, a lo largo de la campaña, las mismas fórmulas sencillas sobre los temas más complicados: "Kerry no es digno de confianza porque cambia de idea; la economía va bien e irá mejor si la gente acepta responsabilizarse; Kerry quiere un Estado que os roba, yo quiero que el Estado os deje en paz y que no tome lo que tenéis en los bolsillos, etcétera". Esta retórica surte efecto en un país en el que el individualismo es el corolario de la incultura política. El efecto de simplificación que resulta de toda situación de guerra, incluida la que se libra en contra del terrorismo, el discurso maniqueo que lo sustenta, hacen casi imposible toda deliberación demócratica basada en el intercambio de argumentos razonados. Es el reinado absoluto de la opinión arbitraria y de la ideología cegadora, envueltas en unos eslóganes publicitarios. Este mercado de las ideas políticas está permanentemente fabricando ignorancia.

De ahí la utilización masiva, a escala industrial, de la tragedia del 11-S. Después de ese atentado, George W. Bush decidió hacer de ello el triunfo mayor de su reelección futura; lo enfocó todo en torno a este asunto, desde la destrucción del régimen de los talibanes en Afganistán hasta la invasión de Irak. Bush jugó con todos los factores para ganar. Los americanos hicieron la elección de prorrogar su Administración. Para los pueblos que experimentan el yugo de su política, un periodo cruel se prolonga. Queríamos una América sabia, respetuosa de los derechos de los pueblos y de la gente. Tendremos un poder guerrero.

 Sami Naïr es catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad de París VIII, y profesor invitado de la Universidad Carlos III. El País. 09/11/2004

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