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Crisis de legitimidad del Estado en el mundo árabe

GEORGES CORM - afkar-ideas.com

3/11/2016

Los Estados que surgieron del desmembramiento de las antiguas provincias árabes del Imperio Otomano se encuentran en una situación de crisis casi permanente, latente o abierta. Las revueltas de 2011 pusieron de manifiesto la importancia del malestar que, sin embargo, ya era muy visible desde el inicio de la independencia de estos Estados entre 1940 y 1960, tras el periodo de dominación colonial europea.

Podemos mencionar en primer lugar la incapacidad de los Estados árabes para frenar al Estado naciente de Israel en 1948-1949 y para impedir la oleada de refugiados palestinos que huían de los combates y las masacres. A continuación, se produjo el incendio del centro del Cairo en 1950 atribuido bien a los Hermanos Musulmanes, bien a los comunistas, y luego el golpe de Estado militar de 1952, seguido de dos años de incertidumbre antes de que se impusiese la fuerte personalidad de Gamal Abdel Nasser y que el régimen monárquico se aboliese definitivamente.

Mientras, Siria sufrió dos golpes de Estado, en 1949 y luego en 1950, de corta duración, seguidos de un tercero que terminó en 1955. Más adelante, se produjo la efímera unión entre Egipto y Siria (1958-1961) en el marco de la República Árabe Unida, que se suponía que sería el primer paso hacia el cumplimiento de las aspiraciones árabes de unidad del conjunto de los pueblos árabes. En 1958, Líbano y Jordania vivieron dos crisis importantes que dieron lugar a la intervención de EE UU e Inglaterra; ese mismo año, Irak sufrió un golpe de Estado militar que también abolió la monarquía.

La década de los sesenta se caracterizó por una nueva serie de golpes de Estado en Siria e Irak, con los que ascendieron sucesivamente al poder distintas alas del partido Baaz panárabe, que se escindió definitivamente en dos ramas rivales, una siria y otra iraquí. La dictadura de Saddam Hussein en Irak se consolidó en 1974. En 1965, se produjo en Argelia un golpe de Estado militar que llevó al poder a Huari Bumedián. Y el rey de Marruecos fue objeto de dos atentados a principios de la década de los setenta. Mientras tanto, en Jordania, los movimientos armados palestinos con aspiraciones revolucionarias panárabes sufrieron en 1969 una violenta represión por parte del ejército (Septiembre negro) y se replegaron en Líbano. Este último, a su vez, entró a partir de 1975 en un periodo de 15 años de violencia y desestabilización por los enfrentamientos entre los movimientos armados palestinos y el ejército israelí, que no dudó en ocupar en 1978 una parte del sur de Líbano y llegar hasta Beirut en 1982.

No es en los temas comunitarios o étnicos donde hay que buscar la solución a los problemas de legitimidad de los Estados árabes, sino en las políticas económicas y sociales..

Podríamos continuar la larga lista de conflictos, pero basta recordar aquí la desgraciada historia del Estado iraquí (la guerra contra Irán; la ocupación de Kuwait y su liberación a manos de una gran coalición militar; la imposición de un embargo económico; y la invasión de EE UU en 2003 y sus dramáticas consecuencias hasta hoy). Aunque también podemos mencionar el largo conflicto del ejército argelino con grupos armados islamistas (1992-2000), y más recientemente la secesión de Sudán del Sur.

Es preciso recordar que durante la última época de la guerra fría, EE UU fomentó la instrumentalización de las identidades religiosas, especialmente la cristiana, la judía y la musulmana para luchar contra la expansión del comunismo, en particular en el mundo árabe y musulmán. Donde más virulenta resultó esta instrumentalización fue en la primera guerra de Afganistán (1979-1989), en la que numerosos jóvenes árabes llamados yihadistas fueron entrenados y armados militarmente para luchar contra el ejército soviético que invadió Afganistán. El islam político militante y radical se extendió fulgurantemente desde ese momento por todos los países árabes y por otros países musulmanes, financiado por redes de ONG islámicas creadas por los dirigentes de los países árabes exportadores de petróleo en la península arábiga. Estos movimientos islámicos contribuyeron a agravar la crisis de legitimidad de los Estados árabes por su oposición a esos mismos Estados, acusados de no respetar las enseñanzas del islam.

Además, no resulta sorprendente que, hoy, pocos Estados escapen a una lógica de desintegración o de enfrentamientos internos (Libia, Yemen, Siria, Irak, Sudán, Bahréin, Líbano, Túnez, Egipto), mientras que el Estado palestino, a pesar de las numerosas resoluciones de Naciones Unidas, no se ha hecho realidad debido al apoyo multiforme al Estado de Israel, que sigue desde 1977 una estrategia de colonización abierta –y ya no encubierta– de los territorios conquistados en 1967. Por último, el conflicto del antiguo Sáhara español que estalló entre Marruecos y Argelia en 1974 aun no se ha resuelto.

Este panorama muestra que existe un problema importante en el funcionamiento y la legitimidad de los Estados árabes, pero que el origen de este problema no es la existencia de comunidades religiosas diversas. Trataremos de buscar las múltiples causas de estas crisis estatales casi permanentes, lo que nos llevará a demostrar que las cuestiones comunitarias y/o étnicas pueden ser aquí o allí el modo de expresión predominante de una situación conflictiva, especialmente en Siria, Irak, Líbano y Yemen, pero no son ni mucho menos la causa principal.

Sin embargo, este modo de expresión se ha impuesto con mucha fuerza porque se encuentra muy estimulado por las tradiciones de la escritura colonial sobre la cuestión de Oriente o los relatos de los viajeros europeos por el Levante. Está de moda desde el último periodo de la guerra fría en el que las tres grandes religiones monoteístas fueron movilizadas para acelerar la caída de la URSS. Y predomina en los medios de comunicación y en la mayoría de los trabajos académicos que pretenden explicar los conflictos de Siria e Irak, pero también de Líbano o de Yemen y Bahréin. No obstante, la descripción magnificada de las subidentidades comunitarias en el mundo árabe no tiene valor explicativo en sí.

 

Turquía y los Estados árabes después del Imperio Otomano

En realidad, la debilidad de los Estados árabes es congénita. Una comparación con el Estado turco moderno, que también surgió del Imperio Otomano, permite entender mejor nuestro propósito. Subrayemos en primer lugar el terremoto que supuso el hundimiento de este imperio para las sociedades árabes, que cayeron entonces bajo el dominio colonial europeo y perdieron así su unidad y su homogeneidad de civilización y de costumbres que, sin duda, calificaría aquí de “árabo-otomanas”, ya que los cinco siglos de dominación otomana marcaron la vida de los árabes hasta ese punto. No es, evidentemente, el caso de Turquía, cuyo territorio se restringía entonces a la Anatolia y al Sanjak de Alejandreta que le concedió Francia en 1939 en detrimento de Siria. Mustafa Kemal logró expulsar a todos los ejércitos aliados que trataban de desmembrar el territorio anatoliano y acabar con todos los proyectos europeos para crear un Estado armenio y un Estado kurdo, así como un enclave griego y uno italiano. Si consiguió acelerar el ritmo de la europeización y de la modernización de la nueva sociedad turca, fue gracias a sus victorias militares, que alejaron de las nuevas fronteras cualquier influencia política europea directa, lo que le dio una importante legitimidad nacional.

En el mundo árabe, la evolución fue exactamente la contraria. Las sociedades se fragmentaron en diferentes Estados, unos bajo el yugo de Francia, y otros bajo el de Inglaterra. En la península arábiga, el surgimiento a lo largo de los años veinte de un reino patrimonial a través de la conquista militar, el de los Saud, que adoptó el Corán como Constitución y el wahabismo más radical como única ideología oficial teológico-política, constituye un espacio de rechazo de toda modernidad liberal que perdura hoy en día. Los británicos fomentaron en gran medida la constitución de este reino en detrimento de la familia Hasshemí –la guardiana de los Lugares Santos de La Meca y Medina– a quien prometieron falsamente a estos ultimos la creación de un reino árabe unificado que comprendería el Hiyaz (en la Península Arábiga), Irak, Palestina y el conjunto libano-sirio a cambio de que se sumasen a la causa de los aliados contra el Imperio Otomano.

En el Levante, Líbano fue separado de Siria y Palestina estaba destinada a convertirse en un Estado judío de acuerdo con la Declaración de Balfour de 1917, incorporada en el texto del mandato otorgado por la Sociedad de Naciones a Inglaterra. En resumidas cuentas, se produjo una “balcanización” de los territorios de las provincias árabo-otomanas que contrasta significativamente con el hecho de que Turquía logró reconstruirse conservando la unidad de su territorio anatoliano. Por otra parte, a esta balcanización geográfica de los territorios árabes se le sumó una balcanización de los sistemas políticos: Irak y Transjordania se convirtieron en reinos, concedidos como premio de consolación a unos descendientes de la familia de los hashemíes (Faisal en Irak, tras el fracaso de su efímero reinado en Siria, y Abdalá en Transjordania), mientras que Líbano y Siria se convirtieron en repúblicas, lo que añadió un elemento de heterogeneidad política importante en esta balcanización territorial. Y por último, una parte de las élites árabes se educó según la modernidad francesa, y otra, según la británica.

En el plano económico, el régimen de los mandatos otorgados a Francia y a Inglaterra transformó la vieja economía de renta de base fiscal, que había caracterizado al sistema otomano, en una economía de renta basada en monopolios económicos modernos, atribuidos a empresas europeas, en sectores fundamentales como el del agua, la electricidad, los transportes, la producción de tabaco y la comercialización de sus productos. También es el régimen que los ingleses implantaron en Egipto que, por otra parte, desarrolló el cultivo del algodón para abastecer a las fábricas de hilados europeas.

Por tanto, el mantenimiento de la unidad de un gran espacio económico turco contrasta con la fragmentación del antiguo espacio árabo-otomano en pequeñas entidades poco homogéneas en cuanto al régimen político. La creación de la Liga de los Estados Árabes en 1945 no cambió esta situación, ya que la cooperación económica entre los Estados árabes, a pesar de los numerosos acuerdos, seguía siendo sumamente escasa.

El contraste fue aún mayor porque la Turquía moderna eliminó el régimen de los millet, que concedía autonomía para gestionar los asuntos de las comunidades no musulmanas bajo la autoridad de los jefes de las distintas iglesias de Oriente. También laicizó el estatuto personal al instaurar el matrimonio civil obligatorio y suprimir la poligamia, mientras que los nuevos Estados árabes mantuvieron este régimen (salvo Túnez), e incluso lo reforzaron como es el caso de Líbano, que sigue siendo un microcosmos del Imperio Otomano en declive sometido todavía a las presiones de las potencias extranjeras. A lo largo de estos últimos años, especialmente desde la invasión de Irak por parte de EE UU y de la violenta crisis que afecta a Siria desde 2011, el comunitarismo religioso ha hecho estragos. El Irak baazista, sumamente laico, dio paso a un país devastado por la hostilidad abierta entre suníes y chiíes. En Siria también surgió la cuestión comunitaria de la preponderancia de algunos miembros de la comunidad alauí en los engranajes civiles y militares del Estado. Es importante recordar que en Siria, Francia intentó crear durante algunos años unos Estados comunitarios (especialmente un Estado alauí y un Estado druso, además de dos Estados de mayoría suní), pero tuvo que renunciar a esta experiencia debido a la sucesión de revueltas nacionalistas.

En Líbano, todas las experiencias constitucionales sucesivas que trataron de organizar el reparto del poder sobre unas bases comunitarias fracasaron. El intento de dividir el Monte Líbano en 1842 en una prefectura drusa y una prefectura maronita; el régimen instaurado por las potencias coloniales europeas en 1861 con un gobernador otomano cristiano (no libanés) junto al que se reunía un consejo administrativo compuesto por representantes de las comunidades en función de su importancia demográfica; el régimen de apariencia republicana de la Constitución de 1926 que preveía la salvaguardia de los privilegios de las comunidades religiosas heredadas del régimen de los millet del Imperio Otomano y, a título provisional, el reparto equitativo de las funciones públicas civiles y militares entre las comunidades, como el famoso decreto de 1936 dictado por el Alto Comisario francés en Líbano que instauraba en el orden público a las comunidades religiosas y la enmienda constitucional de 1990: todas estas medidas no hicieron más que reflejar las relaciones de fuerza entre las potencias regionales e internacionales en el Levante árabe, que tienen una importante influencia sobre las grandes comunidades religiosas libanesas. En la época colonial francesa en el Levante, la comunidad maronita era la dominante; esta supremacía fue disminuyendo en favor de la comunidad suní a medida que la influencia francesa en la región fue menguando, especialmente tras la desafortunada expedición militar contra Egipto en 1956.

El desarrollo del poderío egipcio con el impulso del nasserismo y, más adelante, el aumento del poder financiero de Arabia Saudí, favorecieron a los dirigentes comunitarios suníes en Líbano, pero, sin embargo, la revolución iraní de 1979 influyó de forma importante en las estructuras comunitarias y los dirigentes procedentes de la comunidad chií. El acuerdo de Taef firmado entre los parlamentarios libaneses en Arabia Saudí en 1989 para contribuir al apaciguamiento del conflicto libanés (1975-1990) reflejó los nuevos equilibrios regionales en el reparto de poderes constitucionales entre los dirigentes de las tres grandes comunidades del país (maronitas, chiíes y suníes). Es la razón por la cual, las crisis, la mala gestión del Estado y la corrupción van a seguir caracterizando la vida política y socioeconómica de Líbano, a pesar de esta importante reforma del sistema comunitario.

 

El régimen comunitario: el primer paso hacia la fragmentación de la entidad política

El régimen comunitario ha demostrado, además, no solo lo mucho que consagra la demagogia comunitaria y lo mucho que desarrolla artificialmente el fanatismo religioso, sino que también fomenta la corrupción de dirigentes a los que no es posible exigir que rindan cuentas sobre su gestión como altos cargos del Estado, a riesgo de provocar desórdenes comunitarios. En los sistemas de reparto comunitario del poder, un dirigente acusado de mala gestión o de malversación siempre se protegerá esgrimiendo el hecho de que existe mala fe en la acusación y que su finalidad es atentar contra la imagen de la comunidad a la que se supone que representa.

La institución de este régimen en Irak en 2004 tras la invasión americana es otra prueba evidente de los resultados catastróficos de la instauración de las comunidades en el orden político. La gestión de la ocupación por parte de EE UU dio lugar a un reparto no equitativo del poder entre las dos grandes comunidades, chií y suní, en beneficio de la primera, con el pretexto de que la comunidad suní había oprimido a la chií desde la creación del Estado iraquí. Así, la influencia iraní ha podido desarrollarse ampliamente en Irak, mientras que ha surgido un terrorismo temible practicado por grupos que dicen defender a los suníes. Este terrorismo ha adquirido proporciones alarmantes y con la marcha de las tropas americanas no se ha frenado. En ciudades como Kirkuk o Mosul, muy plurales desde el punto de vista de la población, tanto en el plano comunitario como en el étnico (árabes suníes y chiíes, kurdos, turcomanos, asirios), el reparto del poder municipal también plantea numerosos problemas.

La idea de separar a unas comunidades que han vivido entremezcladas durante siglos (un mismo idioma, gastronomía, costumbres parecidas y un origen étnico común), con el pretexto de que practican religiones diferentes (islam y cristianismo) o una misma religión pero de forma diferente (católicos y ortodoxos en el caso del cristianismo, y suníes y chiíes en el del islam) es una idea perversa que, allí donde se ha aplicado, ha provocado la desgracia de las poblaciones afectadas.

La creación de un régimen comunitario con el pretexto de dar cabida a diferencias o a particularidades suele ser, además, el primer paso hacia la fragmentación de la entidad política. Es lo que sucedió en Chipre, que contaba con un sistema electoral en el que cada una de las dos comunidades, la griega y la turca, elegía por separado a sus diputados. Lo que ha salvado hasta ahora a Líbano, a pesar de todos los trastornos que ha sufrido, es el colegio electoral mixto, en el que sin duda existe un reparto comunitario de los escaños, pero en el que los votantes de todas las comunidades eligen a sus diputados con independencia de la confesión religiosa a la que pertenezcan.

Actualmente, con la violenta crisis siria, descubrimos que Siria también es un país con múltiples comunidades, igual que unos años antes descubrimos que Irak lo era. Es más, se proponen fácilmente soluciones de reparto comunitario del poder político, como si todas las desgracias que se han abatido desde hace más de un siglo sobre las sociedades que tienen dichos regímenes nunca hubiesen existido. Pocas veces ha sido la ceguera tan permanente, fomentada por la proliferación de teorías sobre el “derecho a la diferencia” o la sociedad multicultural que algunos teóricos han difundido a partir de ejemplos a menudo poco pertinentes (indígenas y población blanca de los colonizadores en Canadá, angófonos o francófonos también en Canadá, o negros y blancos en EE UU). Los políticos con pocos escrúpulos en busca de popularidad fácil se han servido de estos temas para convertirse en jefes comunitarios. Así, en Líbano, durante el largo periodo de violencia entre 1975 y 1990, unos jefes de guerra cristianos trataron de imponer la idea de “sociedad cristiana” para buscar un marco político federal que le permitiese vivir su “diferencia” con la sociedad musulmana. La creación relativamente reciente de Estados que se definen por la identidad religiosa, como Arabia Saudí (1925), Pakistán (1948) e Israel o Estado de los Judíos (1948), o incluso el Estado islámico iraní (1979) se realizó fomentando los ardores guerreros y creadores de violencia de jefes políticos con pocos escrúpulos que no dudaron en instrumentalizar las subidentidades comunitarias para lograr sus ambiciones políticas.

 

Las causas del malestar comunitario

Convendría prestar más atención a las causas de lo que puede convertirse en un malestar comunitario antes de hablar de soluciones comunitarias en las sociedades plurales. De hecho, hay que identificar los factores que favorecen la politización de la identidad comunitaria a fin de que las sociedades plurales puedan lograr una identidad ciudadana moderna común. Los malestares comunitarios solo podrán calmarse y transformarse en posturas políticas republicanas libres de complejos mediante esta identidad.

Con frecuencia, el malestar provocado por la identidad tiene un origen geográfico y socioeconómico. Una comunidad puede estar aprisionada en un medio desfavorecido, una zona rural pobre y marginal o una zona montañosa mal comunicada por las infraestructuras con los grandes centros urbanos y de comercio. Este ha sido el caso durante mucho tiempo de los campesinos chiíes en Líbano, sigue siendo el caso de los chiíes de Bahréin o los de Yemen y, actualmente, es el caso de los campesinos suníes del norte de Líbano y de la ciudad de Trípoli. En Arabia Saudí, la comunidad chií se concentra en la costa este del reino, muy rica en petróleo, pero cuyos habitantes siguen siendo pobres y apenas se benefician de los ingresos del petróleo, ya que el Estado central gestiona las instalaciones. En Irak, la riqueza petrolera se concentra en el norte y en el sur del país, y la población de todas las comunidades apenas se beneficia de ella. En Siria, la comunidad alauí ha sido una de las más pobres del país ya que vivió durante mucho tiempo aislada en macizos montañosos. En Turquía, la comunidad kurda se concentra en gran medida en el este del país en unas zonas rurales pobres y poco desarrolladas. En Egipto, los roces entre coptos y musulmanes se producen también en zonas rurales pobres o en barrios urbanos pobres. Como estos, hay múltiples ejemplos.

Los Estados árabes han sufrido una crisis de legitimidad recurrente, tanto por la fragmentación de la región llevada a cabo por Francia e Inglaterra tras la Primera Guerra mundial, como por los fracasos de la industrialización, a pesar de los intentos de Mohamed Ali en Egipto a principios del siglo XIX, de Gamal Abdel Nasser en Egipto a mediados del siglo XX, de Huari Bumedian en Argelia y Saddam Hussein en Irak a finales del siglo XX. La crisis del empleo, las injusticias sociales y la corrupción crean un ambiente propicio para la designación de chivos expiatorios, a los que se elige fácilmente dentro de la particularidad comunitaria de un grupo de población porque el sistema de los millet ha perdurado, lo que contribuye a restringir las relaciones intercomunitarias.

Por tanto, no es en absoluto en el reparto comunitario del poder donde conviene buscar la solución a los numerosos problemas de legitimidad que afectan a los Estados árabes desde la independencia, sino en unas políticas económicas y sociales que garanticen el pleno empleo, la igualdad de oportunidades y el sentimiento común de ciudadanía. Este sentimiento era mucho más fuerte hace medio siglo, cuando la mayoría de las sociedades árabes se reconocían en una arabidad abierta, que no estaba basada en la identidad religiosa, sino, de una forma mucho más amplia, en la comunidad de idioma, de cultura y de historia. Hoy, la crisis de legitimidad de los Estados y de los gobiernos árabes se deriva de la desaparición del nacionalismo árabe laico y abierto en beneficio de los movimientos radicales islámicos que han venido a colmar el vacío de identidad así creado. Este radicalismo, a su vez, da lugar a subidentidades “asesinas” de tipo comunitario. Así, el radicalismo religioso no hace más que aumentar los fanatismos y los temores comunitarios, como lo demuestran los acontecimientos de las últimas décadas y las revueltas árabes de las que estos radicalismos han tratado de apropiarse en beneficio propio.